LO PERSONAL ES POLÍTICO – Eugenia Martínez

En los breves descansos que tomo mientras escribo, voy encontrando noticias que me llaman. Una de ellas es sobre Gema, una joven de 22 años asesinada a puñaladas por su novio, con quien finalmente había terminado. Aquel día solamente paró un momento por el departamento que compartían para recoger sus cosas y no volvió más. “Cuarenta mujeres han sido asesinadas por sus parejas en 2019”, reza el periódico español El País, tornando a Gema en una cifra más. La comunicación personal que Gema sostuvo con familiares y amigos para hacerles saber de las agresiones físicas que sufría a manos de su pareja en meses previos a su asesinato, devino en política cuando fue revelada a El País, quien hizo de su caso una nota periodística.

 

En México, la ONU ha contabilizado 55,791 defunciones femeninas con presunción de homicidio desde 1985[1]. Diversos diarios de circulación nacional han establecido la cifra de 1,199 feminicidios en los ocho meses que van del año, 117 más desde las protestas públicas en diversas ciudades del país como Monterrey y Guadalajara acontecidas hace un par de semanas. Todas ellas como muestras certeras del encono, el hartazgo y la impotencia que causa la violencia machista en este país tan herido. No vayamos lejos: entre 2017 y 2019 la Fiscalía General de Justicia del Estado de Nuevo León registró 507 casos de violencia familiar en el Municipio de San Pedro Garza García [2].

 

¿Cómo podemos pensar entonces en la potencia de la palabra, de la voz, cuando 1,199 mujeres han sido acalladas en los últimos meses en México?

 

Lo personal es político es una consigna de la lucha estudiantil en los años sesenta que también le da título a esta exposición. Refiere a que las cuestiones más íntimas en la vida de una persona en ocasiones, develan estructuras y relaciones de poder que impactan directamente en la realidad social.

 

El tendedero como dispositivo para la denuncia, fue presentado por primera vez por la artista Mónica Mayer en 1978 con la instalación participativa del mismo nombre para el Salón de 1977-78 en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México. La obra consistía en pedirle a mujeres de diversas edades que escribieran qué es lo que más detestaban de la ciudad. La mayoría respondió que la violencia sexual en el transporte público y en la calle que “termina siendo una pieza de denuncia en la que claramente lo personal se vuelve político” en palabras de la propia Mayer. [3]

 

En lo personal es político de la artista visual Eugenia Martínez, el trabajo doméstico remunerado y no remunerado que por lo regular llevamos a cabo las mujeres en hogares propios y ajenos, es incómodo, es doloroso y es el punto de partida de una instalación que recupera la disposición de un tendedero de lienzos negros sostenidos por pinzas para colgar ropa que contienen consignas escuchadas y leídas en diversas protestas feministas, y que han sido clavadas con alfileres: estos como una micro-síntesis del trabajo doméstico, pero también como metáfora de un proyecto inacabado que es la presunción de igualdad entre géneros que no se ha concretado en ningún ámbito.

 

A diferencia de la pieza de Mayer, hay aquí un paisaje instituido: es la línea de horizonte que conforman las cuerdas de tendido con las consignas recuperadas por Eugenia Martínez en un largo proceso de investigación sobre la protesta pública feminista. Las cuerdas aluden a la horizontalidad del feminismo que busca derribar también la verticalidad de las estructuras de poder que rigen al capitalismo y al patriarcado. Del Yo sí te creo al #MeToo, los lienzos en luto buscan deliberadamente incomodar con su disposición en la sala y con el contenido de frases como: Capitalismo y patriarcado dependen de nuestro trabajo doméstico.

 

A tiempo que van leyendo consignas como esta, los visitantes a la exposición tienen que encorvarse, mover el cuerpo, sentir la opresión y verse afectados para poder recorrer el laberinto de tendederos que los increpan mientras están en potencia de pincharse con los alfileres que prenden la tela negra a la palabra. A los tendederos los acompaña la pieza sonora del artista turco-finlandés Khan of Finland, que reverbera dentro de toda la sala con diversas frases incluidas en el contexto de esta exposición. Mi cuerpo, mi decisión. Vivas nos queremos. Nos matan y nos violan. Ni una más.

 

La incomodidad del desplazamiento en la sala es también una metáfora de las pedagogías de la crueldad que se inscriben diariamente en el cuerpo de las mujeres: campos de guerra en donde permanece indeleble la impronta de la violencia patriarcal y machista del acoso, del hostigamiento, de la violación y del feminicidio (Cfr. Segato, González Rodríguez). El aniquilamiento deja su huella también en el cuerpo femenino en un país de más de 40,000 desaparecidos [4].

 

El laberinto que estamos por recorrer, nos confrontará físicamente con una pieza escultórica de gran formato que encontraremos eventualmente a nuestro paso: un hombre ataviado con un traje que porta una máscara de toro mientras permanece encerrado, contenido en un capelo de acrílico esgrafiado con la frase Son sólo alfileres, repetida al infinito. Es una alusión al laberinto construido por Dédalo para contener la fuerza y la furia del Minotauro, aquel engendro mítico, mitad hombre, mitad toro que engullía seres humanos. La referencia al minotauro como epítome del patriarcado relacionada con la figura de artistas como Picasso, el macho ideal del arte encumbrado por la propia historia como un genio que exploró y asimiló al minotauro y al toro como una especie de alter ego. ¿Cómo desmontar aquellas figuras de autoridad perpetuadas para poder pensar en la horizontalidad, como propone Eugenia con este proyecto?

 

¿Cómo pensar, honrar y recordar a las que ya no tienen voz para defenderse, para protestar? Un monumento, un vidrio se repara, pero ¿Cómo evitar que Gema, la mujer asesinada a manos de su novio se vuelva una cifra más? ¿Cómo revivir a las hijas o ayudar a las mujeres que violaron?, se pregunta Sugeyry Gándara en un encabezado del portal nacional de noticias Sin Embargo.

 

Ante la emergencia social que deberían significar los 55,719 feminicidios en México desde 1985 a la fecha, cualquier espacio público o privado funciona para la denuncia porque lo personal sí es político: la calle, una plaza pública, un museo, un monumento; una galería de arte en un contexto social y económico que suele ser indolente, termina operando como un dispositivo que abre la posibilidad de enunciar eso que aquí en el noreste mexicano no se nombra: la violencia patriarcal y machista inscrita (también) en el cuerpo de las mujeres.

Ariadna Ramonetti Liceaga

 

[1]UN Women: https://www2.unwomen.org/
[2] Fiscalía General del Estado de Nuevo León: https://fiscalianl.gob.mx/
[3] Mónica Mayer: http://pregunte.pintomiraya.com/
[4] Secretaría de Gobernación: https://www.gob.mx/