CÓMO GANARSE LA CONFIANZA DE UN ANIMAL – MANUEL MATHAR

(¿Qué es? o que es fortuna)

 

Animados por energías persuasivas, como de ilusiones refrescadas que no mucho después revolvieron el desorden imperecedero de las inercias… incluso estrujados por una convulsión de extremo dolor, que por fortuna (paradójicamente, sí, como lo es la fortuna que presenta obsequios no concorde con el libro) los imperativos de oxigenación y de recuperación templan, sin duda, metáforas en el inhalar-exhalar nueva efectividad, igual que a nuestros apegos y amores, en esta intrigante situación que es nuestra vida.

 

Así, descalzos (o abrumando las plantas hinchadas con caprichosos tacones), aterrizamos en otros climas, inevitables distorsiones, e iluminaciones (por fortuna agraciada o residual) que empatan con colores, alegóricos y somáticos, también paradigmáticos…  particularmente en la dimensión de la experiencia pictórica de Manuel Mathar, transitando una coyuntura de complejización entre el ejercicio análogo y ciertos desbordamientos cromáticos, propugnados por una exploración tecnológica.

 

De eso entonces Mathar, acaso como Picasso con sus periodos rosa y azul, ahora en su periodo RGB (colores primarios aditivos red-green-blue) y sus conjugaciones que analizan paradigmas postmodernos de conmoción. Paleta guiada por la efectividad del diseño en la web, en los referentes, las codificaciones y las condiciones del orden virtual (nuestra otra realidad infranqueable); flujo competente en las pantallas de computadoras, y a la par, acorde a las recientes investigaciones estéticas de Manuel, en el transcurso consuetudinario de la luz y el tiempo, como lo vive en fulgente hábitat en la Península de Yucatán.

 

Otro elemento renovado es el que permite a Manuel concertar irónicamente “planteamientos del problema”, enfoque recurrente en varios momentos de su proceso, pero que ahora, en el horizonte abierto y muy extenso de Yucatán, y paradójicamente depurado por la pantalla digital, va encontrando ingeniosas graduaciones articulación, evocación y poética. Echando mano de los sujetos arquetípicos del bodegón (rama de la pintura que se sirve normalmente del diseño, el cromatismo y la iluminación para producir un efecto de serenidad, bienestar y armonía), ha puesto a deliberación sus emplazamientos en un horizonte inminente, pero que podría también ficticio, o incluso utópico, al conectarse con los procedimientos de eficiencia que los manuales de estética postanáloga notifican. Estas significaciones – dialécticas – manifiestan la prerrogativa de anuencia, de prominente comprensión, y de eventual mejoramiento, entre la brecha del estado actual y el estado deseado de un proceso, que ha de resolverse con el idóneo diseño de iluminación en la superficie de un lienzo, con “las diferentes perspectivas que se generan dependiendo de la posición de donde los colores son observados”, señala el pintor, pero también con un acento sarcástico.

 

Esta otra faceta en el trabajo de Mathar, las presencias insólitas y misteriosas continúan “circulando”, e irónicamente agudizándose en una apuesta para-fantástica. En efecto, parece que por estas escenas no se pasean fantasmas, como tampoco personajes en situaciones oníricas, pero su inusitada radioscopia cromática, y la subsecuente traslación al orden virtual (tácito, examinándose en la nomenclatura de la eficiencia del diseño digital), ubican a la característica fantasmagoria en la obra de Manuel, en una revelación de reemplazamiento críptico y de admonición irradiante. Poco más o menos un poltergeist catártico, acaso a punto de brotar de una efigie de cisne fatuo.

 

Una obra reciente es, sin embargo, la excepción del escenario confabulatorio que se ha armado Manuel Mathar en el último año y que ahora nos comparte. “Yo encendí el sol que ahora te quema” es un regreso al énfasis discursivo que buena parte de la trayectoria creativa de Manuel toca intermitente, como el fastuoso cronista que puede ser, en poderosas alegorías que trascienden su diligente (tecnodialéctica) brega, cargadas por un arrojo confesional, apenas murmurado, que también es estrepitoso y solemne… como son los milagros.

 

Guillermo Santamarina