SMALL WORKS – VICTOR RODRIGUEZ

En un proceso catártico de elegante repetición, Victor Rodriguez nos presenta una colección de pinturas y técnica mixta cuyas medidas se alejan de lo conocido. Su obra, de absoluto psicodélico pop, es famosa por sus intimidantes formatos. Hilos de historias que se repiten en un proceso de idealización mental por parte del artista son agigantados en un ejercicio de potencialización visual. En esta colección, sin embargo, encontramos elementos mucho más focalizados, colocados en una suerte de acertijo o rompecabezas que se desenvuelve a través de esta curaduría.

Rostros siempre presentes nos saludan de primera instancia en un gesto que sabemos familiar. Estos juegan un idioma que se divide en partes: calaveras, ojos, manos, pies y demás simbolismos nos cuentan elementos claves de una historia que, sin importar su acomodo, proclama siempre las mismas palabras, las mismas ideas y el mismo sentimiento. Colores e historias tapizan las paredes y nos envuelven en una realidad solo conocida en su totalidad por Rodriguez. Nosotros como espectadores, venimos a conocer, sin poder para conquistar, el sueño de realidad que el artista habita.

Es importante remarcar que sería un error categorizar la creación de estas piezas como estudios para sus trabajos de mayor formato. Y es que encontramos en ellas universos enteros contenidos en cada uno de los lienzos y maderas. En un estilo de “obras bonsái”, como Victor Rodriguez las apoda, estas se alimentan y recortan a los deseos y caprichos de su autor. Los esencial permanece siempre para la observación y lectura individual, desde las paredes del estudio del artista como un primer espectador a una mirada reflexiva que eleva estos simbolismos a un contexto de profundización colectiva.

No es de sorprenderse entonces que la decisión de realizar esta museografía, que, en primera instancia, pareciera tener elementos deliberadamente caóticos, persigue en realidad un orden armónico que imita el pensamiento del artista. En el caos que reina entre los estridentes colores y elementos se entreteje en una cuidadosa selección que termina de hilar la narrativa aquí expuesta. Nosotros, como un segundo espectador, muy al estilo del descrito por el artista Moholy-Nagy en 1929, recorremos una experiencia que, aunque guiada por el artista, se vuelve una nueva vivencia ante los ojos de quienes la caminan. Una apreciación que nace desde la contextualización de la experiencia de la galería como el espacio íntimo transformativo de la obra de Victor Rodriguez.

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